Origen

Pokilandia

Como muchas buenas ideas, Pokilandia nació de algo muy simple: un conflicto.
Nada fuera de lo cotidiano, las habituales tensiones que aparecen cuando varias personas intentan convivir y hacer las cosas de la forma más armónica.

En enero de 2020, Albert, Begoña, Lorena, Manuel, María y Roser, decidimos emprender un proyecto de convivencia intencional en una finca rural de Tarragona. Queríamos experimentar una forma distinta de vivir: más conectada, más consciente, más colaborativa y más sencilla.

Los primeros días los vivimos con mucho entusiasmo. Entre comidas compartidas, risas y planes comunes, la idea de comunidad se sentía viva. Pero al poco tiempo surgió el tema inevitable: cómo organizar las tareas comunes.

Fue entonces cuando apareció el primer roce entre Albert y Lorena.
Lorena, práctica y estructurada, proponía horarios, listas y un orden claro para todo.
Albert, en cambio, necesitaba que aquello fuera más lúdico, que las tareas fueran también una oportunidad para divertirse, motivarse y no perder el sentido del juego.

Y de esa diferencia —ni buena ni mala, simplemente humana— brotó la semilla de Pokilandia, en lugar de un muro, surgió una puerta.
Albert empezó a imaginar una forma distinta de coordinarse, basada en el juego, la flexibilidad y la participación. Lo compartió con el resto del grupo y, poco a poco, la idea fue tomando cuerpo.

Durante los meses siguientes, entre asambleas, pruebas, ajustes y alguna que otra frustración, el grupo fue dando forma a Pokilandia. Cada persona aportó su mirada, María, con su experiencia en facilitación y convivencia, ayudó a transformar los conflictos en oportunidades de crecimiento, el resto sumamos ideas, entre todas propusimos modificaciones y pusimos el método a prueba una y otra vez.

Pokilandia fue evolucionando con nosotras. No nació de un libro, sino de la vida cotidiana: de las ollas que nadie quería lavar, de las conversaciones interminables en los círculos de palabra, de las emociones que se movían al compartir un mismo espacio.

Cada día traía una pequeña mejora, un nuevo ajuste, una regla adaptada, una reflexión sobre lo que realmente significa convivir.

Así, poco a poco, descubrimos que organizarse puede ser un arte, y que la convivencia puede ser un laboratorio donde el juego y la conciencia se dan la mano.
Pokilandia se convirtió en una forma práctica, adaptable y divertida de gestionar lo común sin perder la alegría, una herramienta viva que crece con cada grupo que la usa, una forma de organizarse sin perder la conexión humana y el sentido de la celebración.


Porque al final, convivir no va solo de repartir tareas, sino de encontrar maneras de hacerlo todas las personas juntas sin perder la alegría.

Hoy, cuando alguien pregunta de dónde viene Pokilandia, la respuesta es sencilla:
De una convivencia real, de un grupo de personas que se atrevió a probar, a equivocarse y a jugar hasta encontrar su propio ritmo. Y del deseo profundo de hacer de la convivencia algo más que un reparto de tareas: una experiencia compartida de crecimiento, humor y conexión.

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